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Los seres
humanos somos diversos por naturaleza, en todo lo que hacemos
hay diferencia y no por eso le quitamos la legitimidad a
nuestros actos. Por ejemplo, a Sofía le gustan las manzanas y
también las peras, naranjas, etc. Eso no quiere decir que una
fruta sea mejor que otra, son distintas con propiedades
nutricionales únicas, los sabores son distintos y no se
contraponen. Por otro lado, a Israel le gustan los trajes color
gris, los azules también y los negros, etc. ¿un color es mejor
que otro? NO, ¿se contraponen? NO. Pues algo similar sucede en
la sexualidad. Cuando en sexualidad se habla de diversidad, las
personas podemos asociar la palabra con libertad, respeto,
responsabilidad o con peligro, censura, algo indeseable,
prohibido, que está mal, y en sexualidad nada se contrapone
porque nos manejamos con tres reglas ante la expresión diversa
de la sexualidad que son: a) Durante la práctica sexual la
persona no se provoca daño. b) Tampoco le provoca daño a otras
personas. c) Entre quienes participan en la experiencia sexual
hay un acuerdo mutuo. La experiencia consciente de la sexualidad
nos pone en el límite de la libertad y la dependencia, la
libertad para vivir el placer responsable contra la dependencia
a los viejos esquemas impuestos de prohibición del placer. Nos
podemos traicionar en la experiencia erótica y dar paso al temor
a través de anestesiar el cuerpo quitándole la posibilidad de
sentir y vivir, hasta preguntarnos en algún momento después de
años de mentirnos ¿dónde quedaron nuestros sueños? Esas miradas
libres que creábamos para darle una dirección a nuestra vida han
sido sustituidas por una cadena de traiciones continuas que
pusimos al creernos tan listos como para controlar hasta nuestro
placer y meterlo en una agenda, acotado por un breve espacio de
tiempo del día. Después de todo, lo único que abrazamos es la
inmensa soledad que creamos y dónde se suponía que no íbamos a
vivir. A veces ni le preguntamos a nuestro cuerpo qué es lo que
quiere, tememos que su voz sea irracional o, como algunos lo
llaman, una sexualidad animal. Pero lo único animal o mejor
dicho irracional es no vivir lo que nos corresponde vivir.
Muchas veces, lo descubrimos tarde, cuando la vida ya se nos va,
porque un cuerpo sin vida, sin alma, no puede reír, llorar ni
cantar. Un cuerpo abandonado, limitado, sin experiencia de
placer sólo espera morir, tal vez como la última racionalización
del que lo porta es que habrá otra oportunidad en otra vida....... |