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Bigamia e Infidelidad
 

E

l afirmar que los bígamos suelen ser hombres tal vez tenga que ver con algo cultural. Incluso con las formas de trabajo, cier­tas ocupaciones que les permiten decir que están aquí o están en otro lado y eso les permite cierto manejo del tiem­po y por lo tanto del espacio para atender otra relación. Pero lo cierto es que la mayoría de las personas bígamas son hombres. Durante un debate televisivo acerca de la bigamia, un hombre que tenía dos hogares fue consultado acerca de su actitud frente a sus hijos. Él contestó simplemente que les enseñaba que él amaba a sus dos mujeres. El debate podría continuar, ya que entre las cosas que podemos enseñar a los niños también está la posibilidad de elegir, de poder renunciar, por ejemplo. Lo físico y lo afectivo Lo que nos ocupa aquí es la infidelidad erótica aunque uno, por supuesto, puede ser infiel de muchísimas maneras: a sus ideales, a sus propios principios, a sí mismo. Pero hablemos del triángulo o del polígono... Lo que va más allá de la díada. Algunas personas se sienten sumamente celosas de que su pareja pueda sentir deseo sexual, y aún actuarlo. Tienen muchos celos del contacto corporal. Y a otras personas no les preocupa tanto eso, siempre que no haya compromiso afectivo; lo que no toleran es que se quiera a otro. Sobre esto hay también un concepto generalizado en la gente en el sentido de asignar diferentes roles en lo sexual, de modo que el hombre sería más bien físico y la mujer más afectiva. Y, a la vez, el hombre estaría menos dispuesto a perdonar una infidelidad sexual de su pareja. Puede ser que la mujer entienda más una traición sexual, y es más frecuente escuchar este reclamo de los hom­bres. Pero hay que reconocer que ya no es exclusivo: los hombres ahora suelen hacer protestas afectivas muy importantes. Por ejemplo, cuando sale con una mujer casada suele decirle que el problema no es simplemente sexual (que ella tenga relaciones con su marido) sino que les molesta que esté más tiempo con ese marido, que no tenga mucho tiempo para este hombre que la ama. El problema del triángulo El problema central, por lo menos en los matrimonios, es aceptar demasiado rápidamente que porque ha aparecido un amorío ‑un señor que se ha enredado con su secretaria o la señora con su profesor de tenis o lo que fuere‑, esto significa que la pareja central está mal. Que no anda, que no funciona. Porque si las personas que están en pareja se convencen de esto, a lo mejor quiebran relaciones prolongadas, profundas, estables y armónicas, que no debieran quebrar. A veces es cierto que la pareja no daba más, y el tercero no tiene nada que ver con que se rompa esa pareja. Era una cáscara: se había ido vaciando de sus contenidos de intimidad, de contacto sexual, de aventura, de construcción y sostén mutuos, y quedaba sólo el formato. En este caso cualquier tercero que entre es un huracán en el Caribe, arrasa con lo que quedaba de la forma. Pero no siempre es así. A veces lo que los terapeutas hacemos con parejas muy prolongadas que tienen un buen vínculo, donde ha aparecido alguna circunstancia extramatrimonial, es tratar de que puedan revisar por separado ambas cosas. Si el vínculo es válido, si se llevan realmente bien, cuáles son las cosas que comparten, si en verdad quieren perder ese vínculo, o tienen que ver cómo lidian con eso que les sucedió. Es notable cuánta tolerancia suele haber en una pareja, al menos ante la primera infidelidad registrada. Saber y no saber Es probable que en la familia todos sepan todo. La cuestión es cuándo van a decidir enterarse, o reaccionar, o actuar. Pero el grado de conocimiento que tienen en general los miembros de una pareja entre sí es muy profundo, aunque no todo ese conocimiento es consciente. Por alguna actitud, por alguna mirada, por cierta dis­tancia o desinterés, la infidelidad se sabe. Y el otro decide enterarse o esperar, y el primero decide ocultarlo o decirlo. Hay algo que suele pesar en todo esto... Aparece otra persona, quizás algo más que una aventura ocasional. Pero está el otro vínculo muy armado, y nos preguntamos si vale la pena perderlo. Y entonces suele surgir la idea de que la solución es mantener las dos personas. ¿Cómo se sostiene esto? Amándolas, o estando muy interesado por las dos. Recibiendo mucho en ambos vínculos. Bueno, elegir en la vida es siempre difícil. Ser un ser humano y tener la posibilidad de elec­ción es una de las bendiciones y también una de las mayores complicaciones que te­nemos. Porque además de poder elegir, so­lemos ser ambivalentes: queremos una co­sa y la contraria. Elegimos a alguien porque es hermosa pero nos molesta que la miren otros hombres, elegimos a un hombre por­que es fuerte pero nos molesta que sea un poco tosco. Estamos siempre teniendo sentimientos contradictorios y dobles. Entonces, seguro que una de las formas de actuar esa ambivalencia es mantener los dos modelos. Pasar de ambivalente a "bivalente". Lo que pasa es que la "bi‑valencia" estable tiene consecuencias graves para los dos vínculos. Y mucho más si en la relación hay hijos, puede traer serios problemas psi­cológicos.................

 

 

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