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a actividad
física siempre ocupó un sitio de privilegio
entre las medidas terapéuticas para la obesidad
o en la prevención de la misma, porque la simple
observación mostraba que las personas con
intensa actividad física eran más delgadas que
los de hábitos sedentarios. Incluso hay
referencias sobre su aplicación con motivos
terapéuticos en el siglo V antes de Cristo.
Recién en la actualidad se sabe que la actividad
física es muy poco útil por si misma para perder
peso porque no es tan eficaz como se creía para
provocar un aumento del gasto calórico. Sin
embargo la actividad física programada puede
conseguir una mejoría notoria en los factores de
riesgo asociados, y sólo los que pierden peso
realizando una actividad física importante no
pierden masa muscular (Masa libre de grasa o FFM)
siendo por ese motivo los únicos que pueden
mantener el peso perdido a largo plazo ya que
conservan un metabolismo basal elevado. A nivel
del metabolismo muscular aumenta la sensibilidad
a las catecolaminas debido a una disminución de
la respuesta adrenérgica alfa y aumento de las
beta durante el ejercicio, efecto que persiste
durante el reposo y también aumenta la
sensibilidad a la insulina fenómeno, que
ampliaremos más adelante. Esto provoca una mayor
respuesta lipolítica (quemadora de grasas) y
termogénica (productora de calor), siendo el
mejor activador fisiológico para la oxidación de
los lípidos. Eficacia A nivel cerebral el
ejercicio de moderada intensidad disminuye el
apetito por las grasas, aumentando el hambre por
los hidratos de carbono para asegurar la
reposición del glucógeno utilizado. Tiene efecto
antidepresivo y aumenta enormemente la sensación
de bienestar físico por el aumento de
beta-endorfinas que provoca. Cuando el ejercicio
es intenso se promueve la oxidación de ácidos
grasos, mayor pérdida de grasa subcutánea y
mayor conservación de la masa magra como ya lo
mencionáramos anteriormente. O sea que el
ejercicio (particularmente aeróbico) siempre es
de gran utilidad si se realiza en forma
programada y constante. Existen algunas
circunstancias (que son muy frecuentes en la
practica clínica) donde se lo prescribe
terapéuticamente como a cualquier fármaco,
viéndose que su eficacia es superior en más de
un 50% comparado con la del mejor de los
medicamentos disponibles en la actualidad
(especialmente la insulinoresistencia). Cuando
hablamos de la obesidad podemos referirnos a las
posibles etiologías. Pero cuando nos preguntamos
cuáles son los factores reconocidos como
"DETERMINANTES", nos referimos a aquellos cuya
sola presencia produce aumento desmedido de peso
y vemos solamente 3 causas. una baja masa libre
de grasa. un cociente respiratorio alterado. la
Insulinoresistencia. Glucosa, insulina y
obesidad En condiciones normales después de una
comida (post absorción de la glucosa) la mayoría
del aprovechamiento de la glucosa se produce en
tejidos insulino independientes (no necesitan la
insulina para aprovechar la glucosa) de los
cuales el cerebro consume aproximadamente el 50%
de ella y otro 25% en órganos esplácnicos. El
25% de la glucosa restante es consumida o
utilizada en tejidos que necesitan la insulina
para aprovecharla (insulino dependientes). El
principal de estos tejidos es el músculo y en
mucho menor medida, el tejido adiposo. La
captación basal de glucosa está acoplada con su
liberación por parte del hígado. Cuando se
ingiere o se inyecta glucosa este balance se
rompe y el mantenimiento de una glucemia normal
depende de tres procesos que deben ocurrir
simultáneamente de manera coordinada e
integrada. En respuesta al incremento glucémico
la secreción pancreática de insulina es
estimulada y la combinación de hiperinsulinemia
mas hiperglucemia es mucho más efectiva para
producir la captación de glucosa por tejidos
esplácnicos (hígado e intestino), tejidos
periféricos (principalmente músculo), y suprimir
la producción hepática de glucosa. La
resistencia a la acción de la insulina en el
músculo, es la principal causa del incremento de
los niveles plasmáticos de insulina (hiperinsulinemia),
y ésta a su vez, es el más importante
determinante de obesidad particularmente de
tronco (individuos panzones), hipertensión
arterial, aumento del colesterol LDL (malo),
reducción del colesterol HDL (bueno), aumento de
triglicéridos, con el consiguiente desarrollo de
enfermedades cardiovasculares y Diabetes tipo
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